Parroquia San Maximiliano Kolbe - Bogotá

Rincón de la Virgen de Schoenstatt

CUANDO RECIBIMOS AMOR ES MAS FACIL DAR AMOR

March 24 de 2018

SEGUNDA PARTE:

Por la puerta dorada de muchos corazones. Me gustaría alabar a Dios en mi vida. Por mi historia. Por esa herida que para Él es bella, aunque yo la esconda porque me asusta, me duele. Quiero decirle a Jesús que Él ha sido mi camino. Que desde que me encontré con Él mi vida tiene otro color. Otro sentido. Quiero decirle que es mi Señor. Mi Dios. El centro y la roca de todo lo que hago y sueño. Que es mi montaña. Mi hogar. Mi vida. Mi pozo. ¿Qué palabras de alabanza le digo a Jesús hoy? ¿Qué es Él para mí? Jesús lo acoge todo con alegría. Lo guarda dentro de su corazón. Quizás le ayude más adelante, unas horas después, en el silencio y en los golpes. La tierra alaba a Dios. El cielo contiene el aliento. Una persona rezaba: «Te quiero Jesús. Te quiero aunque no sepa hacerlo. Aunque me olvide y sea inconstante. Enséñame tu mansedumbre. Tu obediencia. Tu forma de hacer las cosas unida a tu Padre. No huyes. No te vuelves. Sólo aceptas». Hoy Jesús disfruta al recibir amor, al ser querido. En su corazón hay preguntas y miedos. Anhelos de darse más e incertidumbre ante el dolor. Me gustaría en ese momento protegerle y caminar a su lado.

Pienso en María al comenzar esta Semana Santa.

¿Qué pensaría María ese domingo en el que tantos aclaman a su hijo? Seguramente estaría turbada en su corazón. María conocía a Jesús, conocía su alma. Al ver a Jesús en medio de los ramos, de los mantos, de la fiesta, se conmovería. ¿Qué miedos albergaba su alma? Su mirada buscaría a Jesús entre la gente. Pero Ella estaría oculta, detrás de la muchedumbre, como hacen las madres. Cuando todos se vayan sí dará un paso al frente para estar a su lado y sostenerle. Cuando ya los otros se hayan ido. Cuando ya nadie lo aclame ni le preste un paño como Verónica para limpiar su rostro. Cuando no haya un cirineo ayudándole bajo el madero. Entonces María se pondrá en camino y la espada atravesará su corazón. Siempre me conmueve el viernes de dolores. Cuando me detengo con dolor delante de la imagen de María atravesada por una espada. El dolor de la separación. El dolor de la pérdida. María sola al pie de la cruz. Sola con Jesús. María con el alma rota. ¡Cuánto dolor de Madre al ver muerto a su Hijo! ¡Cuánto dolor al tocar su sufrimiento! Pienso en María en esos días. En las noches de Betania. En los días por las calles de Jerusalén. Miro a María en la última cena. Y luego la veo sufrir al saber la noticia de su apresamiento. Se lo han llevado. No se ha defendido. Lo han traicionado. ¡Qué sabor tan amargo tiene la traición! Uno de ellos. Seguramente muy amado por Ella. Porque sería un hombre herido, frágil, y María se conmovería al verlo tan débil. ¡Qué duro saber de ese beso traidor! Ese beso con el que sellaba el amor de un amigo. Un amigo que le entregaba por unas pocas monedas. ¡Cuánto dolor de Madre! Se puso en camino en medio de la noche. Estaría con otras mujeres cerca del lugar donde fue encarcelado. Lo seguiría de lejos. Buscaría su mirada. Querría saber cómo estaba en lo más hondo de su alma. Temía tanto por Él. ¡Cuántas conversaciones habrían tenido los días previos! La Madre y el Hijo. Los dos solos en Betania. Los dos solos en cualquier lugar. Descansando. Rezando. Sólo Ella podría intuir la hondura de su agonía en Getsemaní. Sólo Ella podría comprender el dolor de un camino que nunca hubiera elegido. Jesús hacía la voluntad de su Padre. El odio de aquellos que querían matarlo no era lo que Jesús había buscado cuando pasaba entre los hombres haciendo el bien. ¿Qué mal había hecho con sus milagros? María acompañaba a Jesús en este camino de cruz. Dios no quería el mal de Jesús. Pero el hombre llevaba el mal en el corazón. El odio puede acabar con el bien. El odio puede sembrar la muerte. Y María ya le había dado el sí al camino trazado por Dios. Ya lo había entregado todo un día en Nazaret. Ahora sólo repetía ese sí tantas veces pronunciado. Volvía a arrodillarse ante su Padre. Volvía a decir que sí: «Hágase en mí». Y de nuevo en la cruz se hizo carne la esperanza. Del costado abierto de Jesús brotó de nuevo la vida. Y María estaba allí arrodillada repitiendo su sí.   Mi sí transforma mi vida. Cuando digo que sí, cuando beso mi viacrucis. No puedo acabar con el mal. Pero sí puedo cambiar yo mismo. Cuando amo: «Un hombre que ama, que por último ha puesto su amor en el corazón de Dios, participa de la inmensa riqueza del amor de Dios. Si hay algo que no empobrece, es amar, es regalar la calidez del corazón». No puedo cambiar todo el mundo. Ni acabar con el mal. Pero puedo decir que sí como María y cambiar yo. Lograr que de mis manos brote una vida nueva.

Dónde me veo yo esos días? Hoy, sencillamente, quiero alabar a Dios. Es domingo de ramos. No quiero pedirle nada. Sólo darle gracias por tanto. Tan pocas veces lo hago. Jesús hoy entra por la puerta dorada de mi corazón, por la puerta sagrada de mi vida. Estos días me gustaría vivirlos cerca de Él. A veces la Semana Santa no es la semana más sagrada del año. Es una pena. Me gustaría que lo fuera. Jesús está en mis cruces. Me gustaría estar yo estos días al pie de la suya. Al pie de la cruz de los otros. Me gustaría besar sus pies heridos, besarlos igual que cuando hoyaban los caminos sanando. Me gustaría besar sus manos traspasadas igual que cuando bendecían, partían, acariciaban. Hoy levanto mis manos y doy gracias. Gracias por todos los milagros que ha hecho en mi vida y que ni siquiera sé ver. Gracias porque está a mi lado aun cuando yo no lo encuentro. Gracias porque lo cambia todo. No quiero estar un día lejos y otro cerca. Quiero estar siempre a su lado. Me gustaría ser como Jesús. Que acoge la fiesta y la cruz con el mismo corazón abierto de hijo. Que ama siempre. En el dolor y en la alegría. Que cree siempre. No deja de creer nunca en mí, en lo que puedo llegar a ser si me dejo hacer. Le pido hoy que me enseñe el camino que llega a Jerusalén, al monte de los olivos, al monte Gólgota, al cielo. Quiero que sea mi propio camino. A veces en la vida necesito experiencias nuevas. Busco vivir cosas fuertes que me ayuden a creer y a confiar. Me olvido de su amor fiel, cotidiano. Ese amor sencillo de cada día. El otro día leía: «No creo que el hombre esté hecho para la cantidad, sino para la calidad. Las experiencias, si vive uno para coleccionarlas, nos zarandean, nos ofrecen horizontes utópicos, nos emborrachan y confunden». A veces en la vida espiritual busco grandes experiencias. Busco encontrar a Dios en momentos únicos. Y me cuesta tocarlo en la rutina, en la costumbre, en lo común. En el silencio de la noche. En los días todos iguales. Quiero aprender esta Semana Santa a vivir lo cotidiano como lo más sagrado. Haciendo de mi vida una alabanza. Cada día. Quiero buscar a Jesús y darle gracias. No necesito grandes experiencias. Sólo necesito vivir momentos de encuentro de calidad en los que pueda descansar en sus brazos.

Amar toda la vida con toda el alma.

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