Parroquia San Maximiliano Kolbe - Bogotá

Rincón de la Virgen de Schoenstatt

EL AMOR DE DIOS ES MAYOR QUE NUESTRA MISERIA

March 24 de 2017

La actitud de Dios es contradictoria y su actitud requiere que nosotros cambiemos el criterio respecto a nuestras miserias, debilidades y pecados.
Dios piensa distinto y no actúa como lo hacemos nosotros. Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos (Lc 15,17). Es evidente que debemos cambiar nuestra perspectiva, tanto en el modo como consideramos nuestra propia realidad como en la manera de concebir a Dios. Si no experimentamos nuestra debilidad y miseria en esta perspectiva, nunca podremos entrar en la intimidad con Dios. Nos sucederá algo semejante a lo que pasaba con el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo: Vivía en la casa del Padre, pero en realidad no lo conocía…
En este contexto, tal vez podemos entender mejor la afirmación, también asombrosa, de San Pablo, cuando afirma: “Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos su misericordia” (Rom 11, 32). Y aquella otra,  en que dice: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5,20).
Sería conveniente preguntarnos por qué a veces nos resulta tan difícil acudir a la confesión. Quisiéramos llegar a Dios con una carta de presentación bien  limpia:”Señor, hice esto y lo otro, tdo está en orden, merezco ser tu hijo, merezco que me utilices como instrumento, me he portado bien y en nada te he defraudado…” Pero en verdad, a quien el Señor rechaza, y con toda su fuerza, es a los Fariseos. Les dice:”Raza de víboras, sepulcros blanqueados”. Usa con ellos el lenguaje más duro, precisamente porque se creen justos y perfectos. La parábola del Fariseo y del publicano lo destaca nuevamente. ¿Quién recibe el perdón de Dios? Es el publicano, aquel que está allí golpeándose el pecho u diciendo “Señor, perdóname porque he pecado”, y no el que está delante, haciendo a larde de su méritos.
De  allí la importancia de saber reconocerse como pecador. Solo en ese momento podemos experimentar realmente lo inconmensurable del amor de Dios y cuán entrañablemente él nos ama, con un amor gratuito. Y en Cristo Jesús volver  nuestros ojos y nuestras manos hacia  al Padre.
Dios Padre está en nuestra historia: En nuestra historia hecha de gracia y pecado. El nos espera en nuestra oscuridad, en nuestros problemas, en nuestro dolor, en ese golpe del destino, en ese callejón sin salida… Está ahí, aunque pareciera que duerme; aunque no lo sienta, él está allí… Esa es la actitud fundamental que hace brotar en nuestro ser la fe práctica en la divina Providencia.
El único con quien el demonio puede trabajar a su gusto es con el hombre orgulloso y soberbio, con el que desconfía del amor y misericordia del Padre. En cambio, el único con quien Dios pude hacerlo es econ el hombre humilde y sencillo que cree en su amor.
EL p. Kentenich repetía muchas veces: Hay algo a lo cual Dios no puede resistir: A nuestra miseria reconocida. Dios no puede resistir a quien se le entrega con un corazón contrito y humillado. Por eso, no cometamos el error ni de desanimarnos ni de desesperarnos a causa de nuestras miserias. Sepamos sacarle provecho no nos pongamos tensos, ni nos angustiemos esforzándonos por guardar nuestra “fachada”; no busquemos nerviosamente que los otros reconozcan y alaben nuestras cualidades. Pongamos la base de nuestra vida espiritual no en nuestros méritos, si no en la misericordia de Dios.
De Dios viene que estemos en Cristo Jesús, pues El lo hizo sabiduría, justicia, santificación y redención, a fin de que como dice la escritura: El que se gloríe, gloríese en el Señor.
(Padre Rafael Fernández).

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