Parroquia San Maximiliano Kolbe - Bogotá

Rincón de la Virgen de Schoenstatt

LA GRAVEDAD DEL PECADO Y SUS CONSECUENCIAS

March 09 de 2017

Para penetrar este misterio con mayor profundidad es necesario detenerse a considerar más de cerca la realidad y gravedad del pecado.
Dios no es el autor del mal, somos nosotros que desde Adán y Eva, que pecando lo introdujimos en el mundo y con él el dolor y la muerte. ¿Comprendemos la gravedad y trascendencia del pecado?
Así como nos cuesta captar la acción de Dios en nuestra vida cotidiana, no damos mayor importancia  la  realidad de la intervención del Demonio y poco reparamos en el mal que entraña el pecado. Hablamos de errores, de problemas psicológicos, de debilidad y nos disculpamos.
Esto implica que no sopesamos la trascendencia de que Cristo vino precisamente e redimirnos del pecado. Si el pecado no es tan grave, entonces la trascendencia del Redentor de pecado tampoco es tan grande. El plan salvífico de Dios lo consideramos y vivimos así en un nivel muy inferior al que tiene en verdad. Por eso si queremos captar lo que significa la fe practica en la Divina Providencia, tenemos  que considerar  esta realidad substancial del plan Divino.
El pecado posee tras dimensiones. Lo más radical y profundo  es que por el pecado nos apartamos de Dios. Por el pecado damos vuelta la espalda a Dios, desobedeciendo su voluntad, impresa como ley natural en la naturaleza de las creaturas. Dejando del lado el querer de Dios. Buscamos arbitrariamente lo que  creemos es nuestra felicidad, construyendo como dice Isaías, cisternas incapaces de contener el agua.
Esa es la gravedad más honda del pecado: Es una ofensa a Dios, por el pecado rompemos nuestra amistad con Dios. Cuando decimos que confesamos nuestras culpas nos referimos a esto: la culpa de haberlo ofendido y desobedecido, sea directa o indirectamente. Esa culpa requiere una conversión a Dios un arrepentimiento, una petición de perdón y una reparación, del mal que hemos causado.
El pecado en segundo lugar implica conversión hacia las creaturas. Psicológicamente esto es lo primero, creemos encontrar nuestro bien, nuestra felicidad y placer en cosas y acciones que contradicen la voluntad de Dios, las leyes de la moral natural y evangélica. Vemos en ellos una restricción que coartan nuestra libertad, sin tomar en cuenta que esas leyes y mandamientos de  Dios son orientaciones e indicaciones suyas precisamente para que seamos felices.
En tercer lugar el pecado trae como consecuencia un desorden, un mal tanto para nosotros mismos como para los demás: por nuestro pecado introducimos el mal para nosotros y para la sociedad y ese mal se arraiga y genera “estructuras de pecado”, que lo afianzan y que a su vez son origen de nuevos pecados, injusticias y detrimento para otros: Nuestros pecados siempre tienen una repercusión social, porque somos parte de un todo.
Ahora bien, la gravedad de la desobediencia y de nuestra culpa está ligada a la dignidad de la persona que ofendemos.
Por el pecado ofendemos directa e indirectamente a Dios, por eso en teología se dice que la ofensa del pecado es infinita y que nosotros como meras creaturas, por nosotros mismos no podemos reparar adecuadamente o en justicia esa ofensa
Dios pudo perdonarnos haciendo caso omiso de todos nuestros pecados. Habría sido posible, pero El en su imperiosa sabiduría, quiso que el hombre fuera digno de perdón y pudiera ofrecer a él una reparación, por decirlo, a su altura. Y esto solo era posible, si el Dios hecho hombre, Cristo, le ofrecía una obediencia y amor que mereciera su perdón y recobrara  nuestra amistad con él.

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