Parroquia San Maximiliano Kolbe - Bogotá

Rincón de la Virgen de Schoenstatt

VIVIR LA CUARESMA DESDE BETANIA

February 16 de 2016

P. Carlos Padilla
Quisiera acercarme a Betania en este tiempo de Cuaresma. Distaba pocos kilómetros de  Jerusalén. Así lo hizo el Señor antes de celebrar la Pascua, pocos días antes. Jesús amaba la  casa de Marta, María y Lázaro. Allí era acogido y recibido. Amaba ese hogar en el que su  alma podía descansar y recobrar la paz después del duro trabajo de cada día. Allí estaba en  familia. No había que hacer nada. Nada había que decir. Sólo estar y compartir la vida. No  había que demostrar nada, ni poner la mejor cara. Uno era aceptado sin preguntas, sin  quejas ni reproches. Cada día, cada atardecer. En los seis días antes de su crucifixión, Jesús  fue a la ciudad de Jerusalén durante el día, pero siempre se retiraba a Betania para pasar la  noche. Es decir que, en los últimos días de su vida en esta tierra, Jesús pasó todas las  noches en Betania, donde encontró refugio, descanso, seguridad y paz.

Betania es el hogar en el que Cristo es bien recibido. Allí lo esperan y lo aceptan en todo  momento. Hacen fiesta al verle llegar y pasan el tiempo a su lado. Y nosotros no tenemos  tiempo. O elegimos muy bien a qué queremos dedicarle tiempo. Nuestras prioridades son  otras, y muchas veces en ellas no entra Dios. El tiempo es nuestra mayor riqueza. Lo  perdemos con facilidad y elegimos bien a quién se lo damos y a quién no. Nos importa no  perderlo. Porque perder el tiempo es como perder la vida de forma improductiva. Y no queremos. El tiempo vale mucho. Recibir a Cristo en nuestra vida es darle un lugar de  honor. Eso significa que otras cosas pierdan su lugar. Acoger a Jesús nos lleva a un cambio  de prioridades. ¿Cuáles son nuestras prioridades? ¿Qué preferimos hacer con nuestro  tiempo cada día? ¿En qué invertimos nuestras mejores fuerzas, el tiempo libre?

La  invitación de la Cuaresma es a vivir desde Betania el acogimiento. Acogemos a Cristo.

Queremos que en nuestro hogar todos sean acogidos. Sin preguntas, sin exigencias.

Miramos a Jesús que sufre en soledad y queremos calmar su dolor. Lo acompañamos  sobrecogidos. Con miedo. Porque su muerte y su dolor nos hacen temer nuestra propia  muerte.

Siempre que vemos un sufrimiento nos da miedo pensar que eso mismo nos puede  pasar a nosotros. Es el egoísmo del alma que no quiere sufrir. El dolor despierta temor.

No  queremos sufrir. Nunca el sufrimiento es un plato agradable. El corazón está hecho para la  vida, para disfrutar, para gozar y amar. El corazón no entiende ni el sufrimiento ni el dolor.
Desde Betania contemplamos el dolor de Cristo que camina al Calvario. Nos asustan sus  pasos. Nos inquietan los rumores de los que ansían matarle. Justo en Betania, lugar de  acogida y paz, es donde se planea su muerte: «Gran multitud de los judíos supieron entonces  que él estaba allí, y vinieron, no solamente por causa de Jesús, sino también para ver a Lázaro, a  quien había resucitado de los muertos. Pero los principales sacerdotes acordaron dar muerte también  a Lázaro, porque a causa de él muchos de los judíos se apartaban y creían en Jesús». Lc 12, 9-11. Allí  los judíos están inquietos. Parece que con la resurrección de Lázaro muchos más siguen al Maestro. Aumenta la preocupación y planean incluso matar también a Lázaro. Y todo  porque un amor tan grande supera la capacidad de acogida del hombre. El corazón se  siente en deuda y se siente desbordado por tanto amor, no logra abarcarlo.

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