Parroquia San Maximiliano Kolbe - Bogotá

Rincón de la Virgen de Schoenstatt

COMO AMA EL PADRE ASI AMAN LOS HIJOS

January 04 de 2016

Con esta frase del Papa Francisco queremos dar gracias a Dios por este año que termina y por el año que viene,. La invitación es entonces a hacer un balance de lo que fue este año de 2015 a la luz del amor, ¿cuanto hemos amado  a los que nos rodean?, ¿en lo que hacemos.  hemos dejado la huella de Dios Padre Misericordioso?.

Aspiramos que muchas personas lleguen a sellar la Alianza de Amor con nuestra Madre Tres Veces Admirable de Schoenstatt en este nuevo año(2016), que siga creciendo en nosotros esa conciencia de misión, para que el mensaje de Schoenstatt llegue a muchos corazones.

Hay que ayudar a que el mundo selle una profunda Alianza con la Sma. Virgen, a fin de que la Alianza con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo se torne irreversible, profunda e indestructible. Dios ha sellado una alianza de amor con sus criaturas. “Nuestra tarea -afirmaba-  el P. Kemtemich: consiste en hacer que el mundo tome conciencia de esta alianza de amor. Lo hacemos en la medida en que incorporamos al mundo, nuevamente, a esta alianza de amor con la Sma. Virgen María. Este es el gran mensaje de Schoenstatt“.

Este mensaje de la alianza de amor con la Sma. Virgen María tiene sus raíces en la fe práctica en la Divina Providencia, y debe expresarse, en la vida cotidiana, a través de una vigorosa conciencia de misión.

En el catecismo hemos aprendido que Dios “gobierna el mundo con su Providencia”. A medida que hemos ido recorriendo el camino de la vida, nos hemos enfrentado, más de una vez, con situaciones ante las cuales hemos quedado perplejos, sin comprender el porqué. Situaciones en las que nos ha sido difícil percibir detrás el designio de amor y de sabiduría de Dios. Cabe recordar aquí las palabras del apóstol Pablo a los Romanos: “¡Qué profunda y llena de riqueza es la sabiduría y la ciencia de Dios! ¡Qué insondables son sus designios y qué incomprensibles sus caminos!” (Ro 11,33). Sin embargo, como cristianos, afirmamos la existencia de un plan de Dios, un plan para nuestra vida personal, como también un plan para la redención de toda la humanidad. Se trata de un plan que Dios nos va revelando progresivamente. De un plan que podemos ir descubriendo si lo buscamos con un corazón de niño. Se trata de un plan de sabiduría, de amor y de poder infinitos. Un plan que muchas veces no coincide con nuestros planes personales. Un plan que incluye también una cuota de dolor y de cruz, sin la cual no seríamos verdaderos cristianos, ni participaríamos del dolor redentor de Cristo, para alcanzar, de esa manera, la gloria de su resurrección.
La fe práctica en la Divina Providencia significa buscar ese plan de Dios y procurar realizarlo en nuestra vida. Consiste en hacer de la voluntad del Padre la norma fundamental de nuestra vida, confiando en que todo lo demás se nos dará por añadidura.

Así lo expresa el P. Kentenich en una oración compuesta en Dachau: Padre, hágase a cada instante lo que para nosotros tienes previsto. Guíanos según tus sabios planes y se cumplirá nuestro único anhelo.

Por eso, detrás de cada acontecimiento debemos procurar percibir el plan del Padre. Una pregunta sencilla puede ayudarnos en esta tarea: ¿qué me quiere decir Dios con esto? Como todo principiante, al comienzo seremos algo torpes en percibir los deseos de Dios, también lo que Él permite. Pero si perseveramos, poco a poco se irá aguzando nuestra sensibilidad, el radar de nuestra fe. Iremos desarrollando como un “instinto” para detectar los planes del Dios vivo. Aunque a menudo atravesemos por oscuridades, mantendremos una profunda paz interior: “el Padre tiene el timón, aunque yo no sepa el destino ni la ruta“.

No vamos a desarrollar aquí lo que es la alianza de amor con la Sma. Virgen. Diremos sí, una palabra acerca de la conciencia de la misión. Ante el vacío interior de muchos, el aburrimiento de algunos o el cansancio de otros, Schoenstatt proclama, como parte esencial de su mensaje, la conciencia de misión.

Esto quiere decir, en otras palabras, que nadie está de balde en este mundo, o tiene vocación de mero espectador. Todos tenemos una tarea que cumplir, algo que realizar, en síntesis, una misión. El mismo Señor es quien nos envía. Y por eso, nos sabemos instrumentos en sus manos todopoderosas. A pesar de los límites de todo lo humano, estamos llenos de confianza en la fuerza divina que actúa en nosotros (…”que mi poder se manifiesta al máximo en tu flaqueza” 2Cor 12,9). Aquí estriba nuestra esperanza de alcanzar la victoria final.

Sabemos, por experiencia, que la vida es lucha. Sabemos que nos esperan muchas dificultades. Sin embargo, creemos en las palabras del Señor: “En el mundo tendrán que sufrir, pero tengan valor: Yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). Nos inspiran las palabras que el Padre Kentenich escribiera a la Familia de Schoenstatt días antes de su muerte: “Con María, alegres por la esperanza y seguros de la victoria, hacia los tiempos más nuevos” (7.9.1968).

FELIZ AÑO 2016

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