Parroquia San Maximiliano Kolbe - Bogotá

Rincón de la Virgen de Schoenstatt

EL ADVIENTO EN LA VIDA DEL MISIONERO

November 23 de 2015

P. Guillermo Carmona. El misionero vive de la conciencia de que Jesús, que nace de María, es quien visita a las personas en la imagen de la Virgen Peregrina que llega hasta ellas. El misionero es portador de una gracia que no le pertenece, sino que la recibe en la conciencia de ser solamente, nada más ni nada menos, que instrumento.

El adviento es el tiempo en donde el misionero vive más cerca de María, en expectación de la vida que Ella regala en Belén, su Hijo divino. Para que este tiempo sea un espacio de bendición, el misionero cultiva cinco actitudes propias del adviento.
La alegría.

¿Cómo no vivir del gozo de un Dios que viene a nuestro encuentro? “Se ha manifestado la ternura de Dios”, decía San Pablo en su carta a Tito. La ternura sienta bien, nos hace revivir experiencias de niño, cuando nuestra mamá nos acariciaba y nos daba cobijo y amor. Acabamos de recibir la exhortación del Santo Padre sobre el Evangelio de la alegría. Todos los días deberían ser días de alegría, pero especialmente las semanas del adviento. En toda familia, los días previos al parto son de nerviosismo, pero también de anticipado gozo por la llegada del niño sobre todo el primogénito.
El misionero experimenta esta alegría porque está más cerca de María. No es la alegría comercial de un spot publicitario navideño. No es de la boca para fuera. Y porque la siente, la expresa a los otros, ya sea con gestos, con la sonrisa y las palabras. Los invito a transmitir a los misionados esta alegría.

La esperanza
Esperar es mirar más allá del horizonte. Es creer que las promesas de Dios se cumplirán. Jesús es la gran promesa del Padre, su misericordia, la libertad y la vida. Hay dos tipos de esperanza: la pasiva y la activa. Es pasiva cuando sólo se espera que las cosas sucedan, sin hacer nada para que éstas se concreten. La activa cuando la persona se pone en camino para acelerarla, para avizorar cuando ella llega, cuando la despierta con la oración y el anhelo. Hay que hablarle a la gente de esta esperanza, sobre todo cuando están sufriendo, tristes, sin deseos de vivir. La esperanza activa crea espacios para detonar la fuerza que impulsa a no resignarse, a no decaer, a no abandonarse. No es el optimismo ciego (“todo va a ir mejor”) sino lúcido: porque Jesús vendrá, tienes derecho a apelar a su ayuda, sentir su compañía y no dejar que te venza el desaliento.
La intimidad con María.
Nos gustaría tener una mayor intimidad con la Mater y con el Señor. En diálogos conmigo mismo y con otros, percibo que una causa por lo cual no logro esa mayor intimidad es la falta de tiempo, o la ignorancia de no saber cómo alcanzarla. El adviento es un tiempo ideal para cultivar esta intimidad con nuestra Aliada y con su Hijo. Quisiera sugerirles un pequeño sendero, algo así como un “secreto para la intimidad”. Consiste en tener una jaculatoria que la repetimos muchas veces al día. No siempre resulta a la primera, pero cuando uno se va acostumbrando a decirla, y decirla con el corazón, se crece en una “permanente presencia de Dios”, como se nos enseñaba en el catecismo. Una jaculatoria para este tiempo puede ser, por ejemplo: “Madre, salúdame, Jesús nace en mi corazón, y háganlo pesebre de su Amor. Amén”. Es algo tan sencillo, pero infalible, que genera un cambio y regala una cercanía especial con la Virgen.

La oración de la vida
El misionero sabe que el Santuario es un Belén, donde María da a luz a Jesús. Los invito a que durante el Adviento recemos a menudo en nuestros Santuarios del hogar, filial o del trabajo la oración de “laudes” del Hacia el Padre (estrofas 186-189):
“Tu santuario es nuestro Belén, en cuya aurora Dios se regocija.
Allí diste a luz virginalmente al Señor,
quien te eligió por Madre y Compañera.
En esa admirable fecundidad nos trajiste al Sol de Justicia.
Para que nuestro tiempo pueda mirar la Luz eterna,
erigiste benignamente a Schoenstatt.
Como Enviada de Dios y Portadora de Cristo,
quieres, desde el santuario, recorrer el mundo en tinieblas.
Con alegría sumerge nuevamente al Señor en mi alma,
y, al igual que tú, me asemeje a él en todo;
hazme portador de Cristo a nuestro tiempo para que se encienda
en el más luminoso resplandor del sol”.
El Adviento es bueno para orar con la vida. No es fácil: es fin de año, tiempo de exámenes, de preparar las fiestas y las vacaciones. No habrá mucho espacio para la oración formal. Pero siempre podemos rezar con la vida: agradecer por lo lindo que nos sucede, pedir por alguien o por algo que nos preocupa, ofrecer los contratiempos, arrepentirnos si lastimamos a alguien. Rezar con la vida es encontrarse con el Dios que escribe en la tela del mundo, en el tiempo y el corazón de los hombres.

La unidad
Es bueno cultivar la unidad en este tiempo de Adviento. Hay que aprovechar para acercarnos a los más lejanos, a quienes les guardamos rencor, los que nos han hecho mal. Es tiempo de perdón, de anticipar y vivir la promesa de la Nochebuena: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”.
Más allá del carnaval del consumismo, que seguramente podremos limitar también en nuestros hogares, es muy saludable cultivar la unión y salir de la crisis del egoísmo: mandarle un mail a algún ser querido a quien hace tiempo no le escribo; ser más cordial con el cónyuge, con los hijos, con la señora que trabaja en casa, el colega, el vecino; es una gran oportunidad para que el papá abrace a su hijo, para que los hijos manifiesten el cariño a sus padres; es tiempo para ser solidarios con el hombre que está solo o vive a la intemperie; llevar la alegría a un enfermo y el consuelo a alguien que perdió un ser querido…
Adviento es tiempo de humanidad, porque revive el momento de gracia en que Dios visitó al hombre. Hoy él quiere hacerlo a través nuestro. El mejor regalo para colocar en el arbolito de Navidad, es el que sembramos con amor.

Resumiendo
Estas actitudes del Adviento comienzan con una vocal: la “a” de la alegría; la “e” de la esperanza; la “i” de la intimidad; la “o” de la oración; la “u” de la unidad. Es fácil recordarlo; ¿vivirlo?
Queridos misioneros, comparto con ustedes este tiempo. En el Santuario la Señora de la Expectación nos está bendiciendo. Yo me asocio a su bendición.

P. Guillermo Carmona,
Director Nacional de la Campaña del Rosario de la Virgen Peregrina, Argentina

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