Parroquia San Maximiliano Kolbe - Bogotá

Rincón de la Virgen de Schoenstatt

LA REALIDAD SOBRE EL CUIDADO DE NUESTRA CASA COMUN. FRENTE AL PENSAR,VIVIR Y AMAR ORGANICO EN SHOENSTATT

July 29 de 2015


El  Papa Francisco en su encíclica LAUDATO SI, nos quiere llevar a reflexionar que el mundo es una casa en común en la cual vivimos todos; y que hoy está deteriorada  .  Por la continua aceleración de los cambios de la humanidad y del planeta que se une hoy a la intensificación de ritmos de vida y de trabajo, en eso que algunos llama “Rapidación”.  A esto se suma el problema de que los objetivos de este cambio veloz y constante, no necesariamente se orienta  al bien común y a un desarrollo humano, sostenible e integral.

El  cambio es algo deseable, pero se vuelve preocupante cuando se convierte en deterioro del mundo y de la calidad de vida de gran parte de la humanidad.

El padre José  Kentenich, ya había identificado esta problemática  hace  ya más de cien años, y nos regaló, a toda la Iglesia  inspirado por DIOS y  su profundo amor a María: El vivir, el pensar y el amar orgánico.

El pensar mecanicista nos ha llevado a esta conclusión Si “ser es tener”, sólo se es en cuanto más recursos se generan, para poder tener más sin importar el tiempo que necesite para lograrlo, ni el deterioro en los vínculos, en la salud (física y mental) y en la “calidad” de vida.

Entonces por dónde empezar a trabajar para cambiar esta manera de pensar, vivir y amar:

¿Por dónde empezar? ¿Debemos bajar nuestras expectativas? ¿Nuestras ambiciones materiales? Ni Sí ni No: Es necesario reordenar nuestro “organismo de relaciones”, no poner expectativas que corresponden a un ámbito en otro, no compensar las falencias en las relaciones personales con la adquisición de bienes materiales o la “cosificación” de las personas; no creer que una mascota es “un hijo”, no adquirir tecnología desenfrenadamente sólo porque “Ser es tener”. No se trata de bajar expectativas sino elegir las que me permitirán desarrollar (de la manera más armónica posible) todos los niveles de vinculación necesarios para ser feliz: ¿Cuánto tiempo puedo renunciar a estar con mis hijos por ganar más dinero? ¿Cuántas horas de sueño necesito? ¿Cuánto tiempo debo estar en casa para que mi relación matrimonial tenga el diálogo suficiente y podamos disfrutar el estar juntos? ¿Tiene la felicidad un “precio”?

No queremos irnos al otro extremo de negar la necesidad de sostén y progreso material que toda persona necesita para su normal desarrollo pero tampoco queremos enceguecernos con las luces del materialismo dominante que, fundamentado en el relativismo moral, sólo busca la utilidad en las relaciones generando un profundo vacío que es llenado por “compensaciones” (consumo, alcohol, drogas, etc).

A lo largo de la historia de la humanidad siempre ha existido la inquietud por una vida más plena, más equilibrada que permita alcanzar la felicidad; muchas personalidades se opusieron, mostrando otras formas de vivir, a las corrientes de su tiempo como San Francisco de Asís o Gandhi por ejemplo.  Numerosas respuestas han ido surgiendo a lo largo del siglo XX y en estos comienzos del XXI para poder generar una contracorriente vital. Al vértigo desenfrenado de las grandes orbes se le opone la “cultura slow” que hace algunas décadas proponen algunos; al exceso de consumo de alimentos los “freegans” que se alimentan de alimentos desechados.

Hay otras dos manifestaciones más globales que hablan de la necesidad de realización de las personas más allá del consumo: Los movimientos ambientalistas (que comenzando por la ecología animal y forestal derivaron en una ecología “social”) han incorporado en la cultura empresarial conceptos como el de “impacto ecológico” y también el de “Responsabilidad Social”. Otro fenómeno cada vez mayor es el del voluntariado en ONGs de todo tipo. En estas contracorrientes se ve una necesidad de “tener menos para ser” o “dar para ser” pero un dar no sólo en el sentido de donar bienes materiales sino también el “darnos” (donar parte de nuestro tiempo, de nuestro trabajo) para poder ser felices.

Podemos afirmar que no será posible una “sociedad nueva” sin la formación de “nuevos hombres” y esto a su vez no podrá realizarse sin la indispensable participación de “familias nuevas”, vitales que buscan dar al hombre un nuevo sentido (siempre nuevo y siempre antiguo) a la luz de los valores cristianos.

Cien años atrás cuando la amenaza de la Primera Guerra Mundial se cernía sobre Europa José Kentenich proponía su “Programa” a un grupo de seminaristas para luego fundar Schoenstatt animado por formar “Hombres Nuevos” y una “Comunidad Nueva”, irradiando con fuerza el mundo de la pedagogía y dando forma a numerosas comunidades religiosas proponiendo una “Cultura de Alianza”.

Estas iniciativas (junto a otras en muy diversos ámbitos) difieren de aquellas propuestas que se quedan en la superficie, que se limitan a dar respuestas que no llegan a la raíz del problema, que no exigen un cambio de mentalidad, un “hombre nuevo” para poder lograr un Nuevo Orden Social. Entonces se tiene el desafío de proponer un nuevo estilo de “vida orgánica”, que reordenando el mundo de las relaciones permita orientar la vida al “ser” y no al “tener”, al “dar” y no al “poseer”. Un estilo de vida más austero, más simple, más libre y a su vez más responsable por el prójimo, por el mundo  común en el que vivimos y por el planeta que habitamos,  sabiendo que nuestros destinos son fraternalmente inseparables.

Sin embargo hay una utopía siempre presente, visible y válida que proclamó Cristo hace más de dos mil años, hay un Reino que llegará:

Es tiempo de proclamar con mayor vigor nuestro estilo de vida, esa “vida orgánica” en donde reconozcamos que una “nueva sociedad” necesitará de familias renovadas que sean escuela de “nuevos hombres”, verdaderos ámbitos donde pre vivir el  Reino de Dios, (siempre antiguo y siempre nuevo)anunciado  por Cristo hace  más de  dos mil años.

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