Parroquia San Maximiliano Kolbe - Bogotá

Rincón de la Virgen de Schoenstatt

DOS VIDAS UNIDAS POR EL PROFUNDO AMOR A LA VIRGEN MARIA
SAN MAXIMILIANO KOLBE Y PADRE JOSE KENTENICH

August 13 de 2013

Dos vidas fecundas para iglesia, unidas en el profundo amor a María desde niños. Vivieron la experiencia de los campos de concentración, conozcamos más de ellos:

SAN MAXIMILIANO KOLBE

Maximiliano Kolbe “El apóstol de la Inmaculada” como se lo ha dado en llamar, nació en Zdusnka Wola, próximo a Lodz-Polonia, el 8 de enero de 1894.

Narran sus biógrafos que siendo un niño acostumbraba a rezar detrás de un gran armario que servía de altar a una imagen de Nuestra Señora de Chestozowa; un día su mamá lo sorprendió con los ojos encendidos y con señales de haber llorado mucho. Le pregunta:

“A ver Ramoncito, ¿qué te pasa? ¿Por qué lloras como una niña? ¿Estás enfermo?”. Maximiliano no contesta -su mamá insiste- “A ver, hijo mío, cuenta a tu mamá todo lo que te pasa; obedéceme”. Responde el Santo “¡Oh, mamá, por nada del mundo quisiera desobedecer, ahora que la he visto!”.

Llorando, emocionado relata a su madre lo siguiente:

“Cuando tú, mamá me dijiste aquel día, enfadada por mis travesuras:Ramón, ¿qué vas a ser tú el día de mañana con esas mañas y esas diabluras?. Me quedé muy apenado y me fui a preguntar a la Virgen lo que yo había de ser más tarde”.

“Luego, en la Iglesia, se lo volví a preguntar de nuevo. Entonces, la Virgen se apareció, llevando en sus manos dos coronas, una blanca y otra roja. Me miró con amor y me dijo que cuál de las dos escogía. La blanca significaba que yo sería siempre puro; la roja, que había de morir mártir. Sin vacilar, yo respondí a la Virgen: escojo las dos. Ella sonrió y desapareció”... Desde ese día, cuando vamos a la Iglesia, me parece que ya no voy con papá y con mamá, sino con la Virgen y San José”.

Muchas veces peregrinó al Santuario de Czestochowa. Perteneció a la Orden Franciscana. Cuando descubre lo que la Virgen desea de él manifiesta:

“Antes no sabía en cual modo luchar por ella. Y hasta pensaba en una lucha con armas verdaderas. Ahora me es claro a cual tipo de lucha la Inmaculada me predestinó”.

Kolbe se sentía y con mucha razón, un privilegiado y predestinado de la Inmaculada:

“Yo vivo por la Inmaculada”.

“La Inmaculada me ha elegido”.

“Me doy cuenta de que la Inmaculada me ha elegido como su instrumento y obra a través de mí”.

“Yo camino con la Inmaculada. ¿Qué diría la gente si supiese que viajo con un solo pulmón? Pero la Inmaculada está siempre conmigo. Ella me acompaña a cualquier parte donde vaya”.

Cuando funda su gran obra de devoción y apostolado: LA MILICIA DE LA INMACULADA, se siente muy temeroso de lo emprendido, reconoce su debilidad y sus limitaciones, pero tiene una confianza absoluta en el poder de la Inmaculada y no duda en dirigirse a Ella como a una verdadera madre:

“Mamaíta, no sé que rumbo tomará todo este asunto pero dígnate hacer de mí y de todos nosotros lo que a ti misma te agrade para la mayor gloria posible de Dios; yo soy tuyo, ¡oh mi mamaíta Inmaculada! Ya ves que soy tan miserable que camino por el borde de un precipicio, que estoy lleno de amor propio; si tú me dejas un instante de tus manos inmaculadas, primeramente caeré en los pecados más graves y después en lo profundo del infierno; sin embargo (no lo merezco de hecho), si no me abandonas y eres mi guía no caeré ciertamente y llegaré a ser santo, un gran santo”.

Sus dos grandes amores fueron la revista “El Caballero de la Inmaculada” y las ciudades marianas de Niepokalnów fundadas en Polonia y Japón. Refiriéndose a la revista, manifestó que debía “llevar a la Inmaculada a las casas para que las almas, acercándose a María reciban la gracia de la conversión”.

Respecto a Niepokalnów (que significa ciudad de la Inmaculada, o mejor, “casa, propiedad y reino de la Inmaculada”), en una breve esquela, el Padre Maximiliano Kolbe resume su obra:

“En Niepokalnów vivimos de una voluntaria y amadísima idea fija: ¡LA INMACULADA! Por Ella vivimos y trabajamos, sufrimos y queremos morir. Deseamos con toda nuestra alma y con todos los recursos modernos que esta idea fija sea acogida por todos los corazones”.

Tan íntimamente unido se sentía a la Inmaculada que no vacilaba en decir a sus seguidores:

“Quién no ama a la Inmaculada hasta sacrificarlo todo por Ella -pobreza- hasta sacrificarse totalmente a sí mismo -obediencia-, abandone el suelo de Niepokalnów”.

En una charla que dictó el 28 de agosto de 1939, de un modo profético, anunció su martirio, que tan ardientemente deseaba:

“Sufrir, trabajar, morir como un caballero no de muerte común, sino, por ejemplo, de un balazo en la cabeza, para sellar nuestro amor a la Inmaculada, y derramar nuestra sangre hasta la última gota, a fin de acelerar la conquista del mundo para Ella”.

Maximiliano Kolbe hacia finales de 1941, estando prisionero en el campo de concentración de Auschwitz, en un acto de amor, entrega y donación sin límites, se ofrece a morir en lugar del sargento Gajowniczek. En su descenso al búnker del hambre, con una plegaria susurrante se dirige a su dulce “MAMUSÍA” (como cariñosamente la llamaba):

“Señora mía, Reina mía, Madre mía, has mantenido tu palabra, para esta hora he nacido”.

Dos semanas después de sufrir tormentos a causa del hambre, y viendo sus captores que no moría, lo mataron con una inyección mortal el 14 de agosto de 1941.

El lema que inspiró toda su obra fue:

“Nada para sí, todo para la Inmaculada”.

Su vida fue una constante plegaria y renuncia de sí mismo hasta alcanzar el martirio:

“Concédeme alabarte, Virgen Santa, concédeme alabarte con mi sacrificio concédeme por ti, solo por ti, vivir, trabajar, sufrir, gastarme, morir”.

Maximiliano Kolbe fue beatificado el 17 de octubre de1971 por el Papa Paulo VI y canonizado el 10 de octubre de 1982 por el Papa Juan Pablo II.

PADRE JOSÉ KENTENICH

El Padre José Kentenich nació el 18 de noviembre de 1885 en Gymnich -Alemania. En el discurso de agradecimiento que pronunció el 11 de agosto de 1935, con motivo de sus bodas de plata sacerdotales (cumplidos un mes antes), habló en una de sus partes, de la influencia de la Virgen en su vida desde pequeño:

“En primer lugar he de deciros que Ella me formó y modeló personalmente desde mis nueve años. No me agrada hablar, pero creo que en esta ocasión debe explicarlo rápidamente. Cuando miro a mi pasado he de confesar que no conozco ninguna persona que haya ejercido una influencia honda sobre mi evolución y desarrollo. Millones de hombres se hubieran quebrado si hubieran estado dejados a sí mismos como lo estuve yo. Me tocó crecer en una total soledad del alma, porque tenía que nacer en mí un mundo, que luego debía propagar y transmitir. Si mi espíritu hubiera tenido contacto con la cultura de entonces, hubiera estado mi alma ligada de alguna manera y no podría decir hoy con tanta firmeza que mi educación fue únicamente obra de la Santísima Virgen, sin otra influencia humana profunda. Sé que esto es mucho decir. Pero sé también que la Santísima Virgen puso de modo singular a mi disposición su omnipotencia suplicante y su corazón maternal”.

Con singular ardor y afecto llamó a la Virgen: MATER ADMIRABLE

“Madre tres veces Admirable”[15] la hemos bautizado nosotros. Bajo esta advocación la honraremos en adelante en nuestra capillita de la Congregación... Por eso en el futuro nuestro grito de combate será: Mater ter Admirabilis ora pro nobis. “Madre tres veces Admirable ruega por nosotros”.

El porqué llamó a la Virgen con esta advocación “”Madre tres veces Admirable” lo resume así:

“El Padre eterno eligió a una sencilla y humilde niña de Nazareth para ser Madre de Dios, Madre del Redentor y Madre de los redimidos. Es en relación a esta triple maternidad que la llamamos Madre tres veces Admirable”

En los momentos de dificultad aconsejaba a sus colaboradores:

“¡Mantened la sangre fría! ¡Nuestra Madre tres veces Admirable cuidará!”.

En los inicios de su obra expuso a los miembros de su congregación este mensaje «profético»:

“Cuando Pedro vio la obra del Señor en el monte Tabor, exclamó arrobado: ¡Qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas. Una y otra vez vienen estas palabras a mi mente, y con frecuencia me he preguntado si no sería posible que la capillita de nuestra congregación sea también nuestro Tabor, donde se revele la gloria de María. No podríamos realizar, sin duda, mayor acción apostólica, ni dejar legado más precioso a nuestros sucesores, que mover a Nuestra Señora y Soberana a que, de una manera especial, ponga aquí su trono, distribuya sus tesoros y realice milagros de gracia. Sospecháis a donde apunto: Me gustaría hacer de este lugar un lugar de peregrinación, un lugar de gracia... Todos los que acudan aquí a rezar experimentarán la gloria de María y confesarán: ¡Qué bien se está aquí!. Aquí elevaremos nuestras tiendas, aquí nuestro rincón predilecto”.

En los años de cautiverio escribió su primer gran tratado: “Nueva Criatura en Jesús y María”. En él insertó una plegaria, cuya primera parte le dirige al Señor, y la segunda, a la Virgen María:

“Madre de Dios, hasta ahora has dirigido a tus hijos al Salvador, y ahora para la continuación y consumación de tu acción, exiges nuestra colaboración consciente, amplia y total.
No dejes a los tuyos en alta mar, hasta que ellos, instrumentos tuyos, hayan acabado en cierta medida este trabajo.
Para esto me encuentro a la disposición con cuanto soy y tengo:

¿Deseas mi trabajo? ¡Adsum! (¡Aquí estoy!)

¿Deseas la lenta hemorragia de todas las energías de mi alma? ¡Adsum!(¡Aquí estoy!)

Pero tú cuida de que cuantos me has dado amen a Jesús y aprendan a vivir y a morir por Él”.

Se sentía un predestinado para la misión que Dios le había encomendado; la de anunciar a María, íntimamente relacionada con Cristo:

“Mi misión fue y es la de anunciar al mundo el misterio de María: Mi tarea es predicar a la Santísima Virgen, el mostrarle a nuestro tiempo como la Colaboradora Permanente junto a Cristo en la obra de la Redención, como la Corredentora y Mediadora de las gracias. Mi misión es la de anunciar a la Santísima Virgen en su profunda unidad con Cristo”.

Con frecuencia se dirigía a la Virgen con esta oración:

“¡Querida Madre y Reina! Ayúdame a despojarme de todo lo que me intranquiliza, para que en silencio y pobreza, el Espíritu de Dios pueda llegar hasta mí y encontrar en mi alma un ambiente supremo de acogida y entrega. Haz que mi inteligencia se habrá a su luz, y aprenda a ver con los ojos de Dios. Regálame la profunda comprensión del corazón, que tanta sabiduría da a los que aman. Ábreme al querer del Padre y configura mi ser y mi obrar según su santa voluntad. Amén”.

En uno de sus últimos mensajes resumió toda su obra en este inspirado lema:

“Alegres por la esperanza, seguros de la victoria, con María, hacia los nuevos tiempos”.

Súbitamente, de un paro cardíaco, el P. Kentenich retornó a la casa del Padre el domingo 15 de septiembre de 1968 (festividad de los Dolores de María) después de celebrar la Eucaristía.

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