Parroquia San Maximiliano Kolbe - Bogotá

Reflexión del Evangelio dominical
Por el señor Cardenal Rubén Salazar Gómez

November 04 de 2018

Vamos a encontrar en estos domingos unos episodios del ministerio de Nuestro Señor en Jerusalén. Y el primer episodio se refiere a una pregunta que le hace un escriba al Señor para tentarlo, para ponerlo en aprietos. Escuchemos con atención cuál es la pregunta y cuál es la respuesta del Señor.

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos:

En aquel tiempo un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: “¿qué mandamiento es el primero de todos? Respondió Jesús: “el primero es: “Escucha Israel, el Señor, Nuestro Dios, es el único señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos”. El escriba replicó: “muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de Él, y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: “no estás lejos del Reino de Dios”. Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor

“¿Cuál es el mandamiento más importante?” le dice el escriba, el experto en la ley de Moisés, al Señor Jesucristo. Esa pregunta tenía una problemática muy seria, porque para los judíos, en su mayoría, había más de 700 o 600 tantos preceptos que había que cumplir en la ley. Y no había una jerarquía de preceptos, sino que todos eran importantes, todos había que tenerlos en cuenta, todos había que cumplirlos. Por eso esta pregunta es una pregunta que, para nosotros, también es vital. De todo eso que nosotros podemos entender como Ley de Dios, ¿qué es lo básico?, ¿Qué es lo fundamental?, ¿Qué es lo esencial?, ¿Qué es lo que verdaderamente hace que todo lo demás adquiera sentido? Y la respuesta de Nuestro Señor es muy clara: hay un solo precepto fundamental, y ese precepto es el amor. Amor a Dios, amor a los demás, es tan simple como eso.

Ahora, nosotros entendemos, leyendo todo el Nuevo Testamento, que ese amor a Dios y ese amor a los demás no están separados, no son dos cosas diferentes. Sino que, realmente, en la medida en que nosotros somos capaces de amar a Dios vamos a amar a los demás. Y en la medida en que somos capaces, poco a poco, de amar a los demás, vamos descubriendo la presencia salvadora de Dios. Esto es muy hermoso porque realmente se trata de una sola realidad: el amor. Pero ustedes se preguntarán, ¿y qué es el amor? Podemos pensar, en un primer momento, que sea un sentimiento. El sentir allá, en el corazón, una emoción especial cuando pienso en Dios, cuando veo a los demás y ayudo a los demás. No. El amor no es un sentimiento. el amor es una decisión que yo tomo frente a Dios y frente a los demás. Me explico, ¿cómo tomo la decisión de amar a Dios? Pues, en primer lugar, tomando la decisión de escucharlo, de escuchar Su palabra. Y, escuchando Su palabra, de entrar en diálogo permanente con Él. Y al entrar en un diálogo permanente con Él, de irlo conociendo cada vez más. Y, al conocerlo cada vez más, de ir descubriendo todo Su amor y toda Su misericordia. Y, por lo tanto, ser capaz, yo también, de responder a ese amor y a esa misericordia sintiéndome hijo lleno de confianza, lleno de afecto verdadero, sincero, como niño pequeño en los brazos de su padre. Así decido yo amar a Dios. No es un sentimiento, es una decisión que yo tomo. Es una decisión que debo tomar todos los días, pero es una decisión, fijémonos bien, que es un don de dios y, por eso, tenemos que pedirla. Tenemos que pedirle al Señor: “Señor”. Todos los días debe ser nuestra oración: “Señor, que yo sea capaz de amar, que yo sea capaz de descubrir Tu amor para responder a Tu amor, que yo sea capaz de descubrirte permanentemente presente en mi vida y en el mundo para ser capaz también de amarte cada vez más”.

Y, ¿cuál es la decisión que yo tomo frente a los demás? Yo puedo tener unas actitudes muy fuertes frente a los demás. Puedo considerarme superior y, partir entonces, del principio que los demás son unos pobres diablos al que hay que despreciar. O puedo pensar que los demás son, sencillamente, gente que las tiene que lograr, salvarse la vida por su lado, y, por lo tanto, soy totalmente indiferente al dolor y al sufrimiento de los demás. Y esto hoy en día es muy fácil porque todo en el mundo en que vivimos, los medios de comunicación social, los medios que nos llegan de alguna manera, nos invitan al egoísmo, a pensar solamente cada uno en sí mismo, a preocuparse solamente por sí mismo, por sus intereses, por lo que es deseado. No importan los demás. Esto ha llevado, por ejemplo, a que se destruyan realmente las relaciones con los demás, las relaciones al interior de la familia. Ya el amor de los esposos no se mira con toda la seriedad que esto implica, sino que, más bien, se piensa que son episodios transitorios que no tienen ninguna importancia. El amor hacia los hijos ¡cuánto no se ha degenerado! Podríamos decir, en una palabra muy dura, porque ya no hay un cuidado permanente de los papás hacia sus hijos, sintiéndose verdaderamente responsables de la educación de los niños, de los adolescentes y de los jóvenes. ¡Cuánto no se ha deteriorado la relación entre los hermanos! Y, por lo tanto, ¡cuánto no se ha deteriorado también la relación con los demás! En el trabajo, en el sitio de diversión, en la calle, cuando nos subimos a un bus, etcétera. Vivimos como enemigos los unos de los otros. Cada uno tratando de aprovecharse del otro cada uno tratando, de ver de qué manera yo puedo sacarle ventaja al otro y utilizarlo para mis fines.

Ahora, yo puedo seguir esas decisiones que son a las que me invita el mundo, pero también puedo tomar en serio que puedo cambiar mi actitud. Y, ese es, decidir amar a los demás. Y ¿qué significa cambiar mi actitud? En primer lugar, cambiar mi modo de ver a los demás. En segundo lugar, cambiar, por lo tanto, la manera como yo me relaciono con los demás. Tengo que empezar a respetar, de verdad, a cada una de las personas aun cuando aparezcan lo más miserable, lo menos digno de respeto según criterios humanos. Pero tengo que tomar conciencia de que son hijos de Dios, son seres humanos a quienes tengo que respetar. Y, por lo tanto, empezar a ver a cada una de las personas como seres dignos, a quienes tengo que aceptar y a quienes tengo que, de alguna manera, servir. Porque eso es lo importante, que nos hagamos servidores de los demás. Que extendamos la mano al que lo necesita, que compartamos con los demás lo que tenemos de tal manera que, no haya nadie que pase necesidad si yo puedo socorrerlo, si yo puedo ayudarlo. Y que vayamos organizando una sociedad verdaderamente fraterna y solidaria. Es decir, que vayamos influyendo en nuestra familia, en nuestros barrios, en nuestro entorno, en nuestros gobiernos. Vayamos influyendo para que se creen las estructuras necesarias para que, de verdad, podamos amarnos y vivir en paz. Esta es toda nuestra tarea: es la decisión de amar a Dios y de amar a los demás.

Y también como les decía hace ocho días: también tenemos que aprender a amar la creación, a respetar profundamente esta creación maravillosa que el Señor ha puesto en nuestras manos. No es fácil, para el corazón humano es duro, el ser humano es incapaz de amar a causa del pecado. Pero el Señor nos da la gracia. Pidámosela. Pidámosle de corazón que nos ayude a amarlo a Él y amar a los demás. Que nuestra voluntad se mueva a decidir a amarlo a Él y amar a los demás.

La bendición de Dios Todopoderoso; Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Amén.