Parroquia San Maximiliano Kolbe - Bogotá

Reflexión del Evangelio dominical
Por el señor Cardenal Rubén Salazar Gómez

September 09 de 2018

El Señor hoy nos presenta una actuación suya muy clara: hace oír a los sordos y hablar a los mudos. Escuchemos con atención:

Lectura del santo evangelio según San Marcos:

En aquel tiempo dejando Jesús el territorio de Tiro pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, Además, apenas podía hablar, y le piden que le imponga la mano. Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo suspiró, y le dijo: “Effetá” (esto es, ábrete) y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente. Él les mandó que no le dijeran a nadie, pero cuanto más lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: “Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.

Palabra del Señor

¿Qué significa este milagro que el Señor realiza y que hoy la Iglesia nos trae en la lectura solemne del Evangelio de San Marcos? ¿En qué consiste la sordera más allá de un fenómeno físico, en el cual no sencillamente no oímos el ruido, ni vemos a las personas, ni entendemos las palabras de las personas? Hay una realidad profunda que podríamos decir es de tipo espiritual. Nos hacemos sordos a causa de nuestro egoísmo, una sordera que nos impide escuchar a Dios y que nos impide escuchar a los demás. Con cuánta frecuencia el problema número uno de nuestra relación con las demás personas es que, sencillamente, no somos capaces de escucharlas. Oímos el ruido de sus voces, pero no hacemos ningún esfuerzo por escuchar. Por escuchar, que significa precisamente, hacer lo posible por entender lo que la otra persona quiere comunicarme, por entrar verdaderamente en comunicación con la otra persona. Y por eso está unido lo de la curación del sordo con la curación del mudo, porque sordomudo es un fenómeno bien frecuente desde el punto de vista fisiológico y lo es también desde el punto de vista espiritual.

Cuando no somos capaces de escuchar, tampoco somos capaces de expresarnos, tampoco somos capaces de comunicarnos, de compartir con los demás lo que hay en nuestro corazón. Nos cerramos. Nos cerramos dentro de un mundo egoísta, en el cual lo único que suenan son nuestras pasiones, nuestros deseos desordenados, donde lo único que suena es nuestro egoísmo. Nos envolvemos dentro de nosotros mismos. Y eso impide, por supuesto, que nos abramos a Dios para escuchar lo que el Señor quiere decirnos y para responderle con nuestra alabanza, con nuestras peticiones, con nuestra acción de gracias. Vamos a pedirle al Señor, verdaderamente, que Él nos conceda esa gracia de cambiar nuestra actitud. Hace ocho días hablábamos de la necesidad de cambiar el corazón. Pues bien, ese corazón nuevo que el Señor nos da se expresa precisamente en hacernos cada vez más capaces de escuchar, escuchar a Dios.

Y aquí tendríamos que hacernos todo un interrogatorio: ¿qué significa para mí escuchar al Señor? ¿Cuándo lo escucho? ¿Cómo lo escucho, ¿Cómo entiendo lo que Él me quiere comunicar? Por ejemplo, cuando yo voy a la misa los domingos, y se lee, se proclama la Palabra del Señor, ¿esa palabra me dice algo? ¿Esa palabra entra verdaderamente en mi corazón, para llenarme de luz y de fuerza, o, sencillamente, como lo decimos coloquialmente, entra por un oído y sale por el otro de tal manera que al terminar la misa ya no nos acordamos qué fue lo que se dijo en la lectura de la Palabra? ¿Escuchamos al Señor? Pero, ¿lo escuchamos también en los acontecimientos de la vida diaria? ¿Somos capaces, por ejemplo, de descubrir Su presencia en las cosas que me suceden en el día a día? ¿En el ahora tras hora? ¿Somos capaces de estar en ese permanente diálogo con Él, escuchándolo y comunicándonos nosotros, alabándole, dándole gracias, presentándole también nuestros anhelos, nuestros deseos, nuestras peticiones?

Y esto, aunque es en la relación con Dios, ¿cómo se traduce en la relación con los demás? ¿Sí tenemos disposición a escuchar a la persona que quiere comunicarnos algo? ¿Sí queremos de verdad escucharlo? ¿Sí somos sensibles al clamor de las otras personas que a veces nos quieren transmitir sus penas, sus angustias, sus dolores? Que muchas veces la gente ni siquiera busca que uno le soluciona el problema, sino sencillamente poder expresarlo, poder decirlo. Y esto, especialmente, al interior de la familia. Qué bueno que en la familia nosotros nos fuéramos, es, cada vez más esforzando en comunicarnos, y comunicarnos de verdad. Una comunicación que nazca del respeto profundo por los demás, una comunicación que nazca del deseo sincero de acercarnos, crear comunión, crear vínculos de amor los unos con los otros.

El señor nos ofrece hoy una sanación profunda. Así como Él curo a este hombre sordomudo, así el Señor viene a nosotros en la Eucaristía para darnos un corazón nuevo, capaz de escuchar, capaz de comunicarse, capaz de amar. Pero para que Él pueda actuar en nosotros necesitamos pedírselo de corazón, y necesitamos tener una actitud de disponibilidad de apertura a la acción generosa que Él realiza en nosotros. Dios quiera que la palabra que hoy hemos escuchado nos mueva a cambiar nuestra existencia, acercándonos mucho más al Señor y acercándonos mucho más a los demás, escuchando y comunicándonos. Escuchando al Señor, que nos habla especialmente por Su palabra en la Eucaristía, escuchando a los demás en la vida diaria, en la familia, en el trabajo, allí donde estemos. Y siendo capaces siempre de recibirlo en nuestro corazón y de comunicarnos, de abrirnos, para crear relaciones profundas de amor.

La bendición de Dios Todopoderoso; Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Amén.