Parroquia San Maximiliano Kolbe - Bogotá

Reflexión del Evangelio dominical
Por el señor Cardenal Rubén Salazar Gómez

April 15 de 2018

En este III domingo de Pascua, la Iglesia nos propone uno de los relatos más hermosos de las apariciones del Señor resucitado a sus discípulos; en lo que conocemos generalmente como: la aparición a los discípulos de Emaús. Escuchemos con mucha atención este relato.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas

En aquel tiempo, los discípulos de Jesús contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas cuando él se presentó en medio de ellos y les dice: “Paz a ustedes”. Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Y él les dijo: “¿Porque se alarman?, ¿porque surgen dudas en su corazón? “Miren mis manos y mis pies, soy yo en persona. Pálpenme y dense en cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como ven que yo tengo”. Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: “¿Tienen ahí algo de comer?”. Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos y les dijo: “Esto es lo que les dije mientras estaba con ustedes; que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí”. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras, y les dijo: “Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén ustedes son testigos de esto”.

Palabra del Señor.

Es un relato largo, pero es un relato que vale la pena meditarlo, saborearlo, hacerlo posible para que cada una de las palabras, abra la inteligencia que el Señor nos da para comprenderlo a él, para comprender su amor y poder por lo tanto, transformar nuestra vida.

¿Cuál es la esencia del relato? La esencia del relato, es el que unos discípulos decepcionados por la muerte del Señor en la cruz; van huyendo de Jerusalén se van alejando de la comunidad. Esto es una imagen de lo que nos puede pasar a nosotros, a muchos de nosotros nos puede suceder que las golpes que recibimos de la vida, incluso también los escándalos que hay al interior de la comunidad eclesial, nos vayan desilusionando, van creando una especie de gran frustración respecto de nuestra fe. Sentimos, como que en realidad todo no nos da, lo que nos tiene que dar; esa relación con Dios y con los demás, especialmente al interior de la comunidad eclesial, al interior de la Iglesia. Y entonces, fácilmente nos alejamos de la comunidad. Cuántas personas no han dejado de participar por ejemplo: en la vida de la comunidad de la Iglesia. Cuántas personas no se han alejado por un motivo, o por otro.

Pero ¿qué es lo que sucede cuando estos dos discípulos van escapándose de Jerusalén? Es el Señor mismo, el que se pone a caminar con ellos y ellos al principio no lo reconocen, dice el texto que sus ojos estaban como pesados, como incapacitados para descubrir la presencia del Señor. El Señor camina con ellos y empieza a dialogar con ellos y lo primero sobre lo que dialoga el Señor es precisamente, sobre qué discuten ustedes, ¿qué les pasa? ¿Qué es lo que tienen? Y estos discípulos, le explican cómo están desilusionados, desalentados.

Esto es lo que el Señor hace permanentemente con nosotros, el Señor viene a nosotros para escucharnos. Qué bueno que nosotros en la oración, fuéramos capaces también de presentarle al Señor todo lo que nos angustia, lo que nos preocupa, lo que nos desilusiona, lo que nos frustra, todo lo que constituye nuestra vida, que sea lo que el objeto de un diálogo permanente con él. Porque el Señor quiere escucharnos así como él se acercó a los discípulos de Emaús; así también se acerca a cada uno de nosotros y quiere entablar con nosotros un diálogo de amor.

Y entonces el Señor, les abre la inteligencia para que ellos puedan comprender, como todo lo que ha sucedido en Jerusalén, la pasión y la muerte del Señor. Y también la resurrección, que ellos han escuchado ha sucedido, pero que no han creído en ella. Es una realidad profunda como está atestiguada en la Ley y en los Profetas; es decir en la Sagrada Escritura, el Señor abre el corazón, abre la inteligencia de estos discípulos para que puedan conocerlo, para que puedan verdaderamente comprender cuál es el designio de amor que Dios tiene para con ellos y para con toda la humanidad.

Esto también, lo hace el Señor permanentemente con nosotros, el Señor si se lo pedimos, nos da la luz que necesitamos para comprender el sentido de su pasión y de su muerte; para comprender su presencia en medio de nosotros y nos da por lo tanto la luz, para que nosotros podamos saber que su muerte y su resurrección sean fuente permanente de gracia, de consuelo, de fuerza.

Y el relato termina, cuando estos discípulos le piden al Señor que se quede con ellos porque ya es tarde y lo reconocen en el momento de partir el pan; aparece ahí la importancia fundamental de la Eucaristía. Cada domingo la Iglesia nos invita a que participemos en la Eucaristía y que allí al partir el pan, es decir al celebrar el memorial de la muerte y de la resurrección del Señor; de verdad lo reconozcamos a él, siempre presente en medio de nosotros, presente por su palabra, presente por su luz, por su gracia, presente por su espíritu. Un Dios que camina con nosotros, un Dios que nos llena de paz y de alegría.

Finalmente, estos discípulos regresan corriendo a Jerusalén y se encuentran con los otros discípulos, a los cuales se les ha aparecido también el Señor; regresan a la comunidad, qué bueno que nosotros cada domingo sintamos que nos metemos cada vez más íntimamente dentro de la Iglesia, que es nuestra comunidad, que es nuestra casa y allí entonces empezamos a sentirnos de verdad acogidos, como hermanos y empezamos a hacer de verdad solidarios, para poder como Iglesia ir al mundo a testimoniar la presencia salvadora del Señor.

Qué relato tan hermoso, ojalá lo leamos con calma, tratemos de entenderlo, de aplicarlo a nuestra vida para que nos ilumine y fortalezca.

La bendición de Dios Todopoderoso; Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Amén.