Parroquia San Maximiliano Kolbe - Bogotá

Homilía Monseñor Ruben Salazar Gómez

Posesión Canónica Padre Daniel Saldarriaga - Parroquia San Maximiliano Kolbe

Agosto 5 de 2012

Muy Queridos Hermanos:

Nuestra existencia sobre la tierra es como un gran caminar, es como una marcha, de hecho nosotros sabemos -pues somos creyentes-, que en esa marcha del pueblo de Israel cuando salió de Egipto y se dirigió a poseer la tierra prometida, se simboliza un poco nuestra propia existencia, una existencia la que mientras estamos aquí en este mundo como el pueblo de Israel en el desierto, no tenemos morada permanente. Una marcha en la cual sentimos el peso y la dificultad del caminar. Nuestra vida es dura, es difícil. Nuestra vida realmente está llena de todo tipo de problemas y de dificultades. Y aun cuando no tuviéramos problemas ni dificultades nosotros allá en lo más profundo de nuestro corazón siempre tenemos como una insatisfacción profunda. Queremos algo más, por más de que poseamos todos los bienes de la tierra, por mas de que tengamos todas las comodidades, por más de que todas las situaciones estén en orden. Sin embargo nosotros sabemos -porque nos lo dice nuestro corazón en lo más profundo de nuestro ser-, que necesitamos más.

Como el pueblo de Israel en el desierto, que aun cuando había recibido del Señor todo tipo de dones y de gracias, sin embargo se revelaba permanentemente, quería más. Incluso, en ese querer más, hasta deseaban volver a la situación anterior, volver a la esclavitud de Egipto. Por eso nosotros estamos siempre buscando algo, estamos buscando algo, como dice San Agustín, nuestro corazón está inquieto, y está inquieto sencillamente porque Dios nos ha creado para Él, y por lo tanto ese corazón está inquieto hasta que no descanse plenamente en Dios, hasta que no lleguemos hasta Él. Por eso nuestra vida es ese caminar hacia Él. Él es el único que puede verdaderamente llenar nuestro corazón. Él es el único que puede dar paz y alegría y gozo plenos a nuestro corazón, a nuestra existencia. Por eso vamos caminando hacia Él y a medida que vamos caminando en medio de las dificultades y los problemas tenemos que ir descubriendo cada vez con mayor claridad Su rostro, tenemos que ir cada vez más acercándonos de verdad a Él.

Pero da lástima y esto lo constatamos nosotros también permanentemente, es que no siempre tenemos esa claridad de conciencia con mucha frecuencia nos ponemos a buscar cosas, creyendo encontrar en ellas la felicidad y el gozo y la paz, nos ponemos a buscar cosas que indudablemente en lugar de darnos la alegría y la paz nos llenan más bien de angustia y de dolor, el Señor en el Evangelio constata hoy esa realidad nuestra y nos hace tomar conciencia de ello. La gente había visto cómo el Señor había multiplicado los panes para dar alimento a toda esa gran muchedumbre y entonces la gente siguió detrás del Señor, y el Señor Jesucristo les hace tomar conciencia: miren, ustedes me buscan no porque han visto los signos, es decir, no porque han descubierto la presencia salvadora de Dios en su vida, sino porque han comido pan y se han saciado y por lo tanto ustedes andan solamente detrás de un pan material, eso es lo que tantas veces nos sucede a Nosotros, andamos detrás de las riquezas, andamos detrás de las comodidades, andamos detrás simplemente de la solución de los problemas humanos, de los problemas que nos afligen todos los días y nos olvidamos que hay algo más importante que buscar, por eso el Señor en el Evangelio nos dice: miren, trabajen no por el pan que se acaba, el pan perecedero, sino por aquel pan que es el pan que da la vida, el pan que Dios da, ese pan que puede verdaderamente saciar el corazón del hombre.

En el desierto Dios había hecho el milagro del maná, ese alimento como una especie de resina que el pueblo encontraba todos los días para poder alimentarse en medio de un desierto en donde no se encuentra qué comer. Dios les había dado allí un pan, pero ese pan no era sino un signo de un pan mucho más perfecto, el verdadero pan, el pan del cielo que es Su hijo Jesucristo, y por lo tanto lo que nosotros tenemos que hacer a lo largo de nuestra vida es buscar ese verdadero pan, ese Jesús el Hijo eterno del Padre que se hizo hombre en el seno de la Virgen María para darnos a nosotros todo lo que necesitamos para vivir en plenitud aquí en la tierra y más allá de nuestra muerte, más allá de este mundo, poder alcanzar esa vida misma de Dios y vivir eternamente unidos a Él y a nuestros Hermanos en la plenitud de la vida. El que cree en mí no tendrá nunca hambre, el que cree en mí no tendrá nunca sed, dice el Señor en el Evangelio, porque Él es el pan verdadero, el pan bajado del cielo y por lo tanto lo único que nosotros tenemos que hacer es abrir plenamente nuestro corazón para creer en Él, para unirnos a Él profundamente por la fe que es una adhesión personal a Jesucristo.

Por eso como nos lo dice el Papa Benedicto XVI en su primera Encíclica Dios es Amor, uno empieza de verdad a ser cristiano cuando se encuentra con una persona: la persona de Jesucristo, y encuentra en Él un horizonte nuevo y por lo tanto adquiere una dirección nueva, una dirección definitiva en la existencia, porque se descubre en Cristo a Dios, y cómo logramos nosotros encontrarnos con Dios?, cómo logramos nosotros comer ese pan?, cómo logramos nosotros beber esa agua que el Señor nos da?, esto es precisamente lo que buscamos y encontramos permanentemente porque Dios es infinitamente generoso con nosotros. Dios nos da ese alimento que necesitamos, es decir ese encuentro personal con Cristo el Señor, escuchando la palabra que él nos regala, por eso cada Domingo cuando nosotros nos reunimos para celebrar la Eucaristía lo primero que hacemos es escuchar la palabra de Dios, esa palabra que debe resonar con toda su fuerza en nuestro corazón, esa palabra que como nos decía el Papa Juan Pablo II, en la carta apostólica al empezar el tercer milenio debe interpelarnos, orientarnos, y moldearnos.

Interpelarnos porque como yo les decía hace un momento a veces nos enredamos en cosas que no tienen ningún sentido, a veces perdemos el sentido de la existencia, entonces la palabra viene a decir interrógate, pregúntate, cómo estás viviendo, qué es lo que estas buscando en tu vida?, qué es aquello por lo cual luchas?, que es aquello que trae paz y alegría a tu corazón, la palabra nos interpela y tenemos que permitir que esa palabra cada domingo nos interpele de nuevo, cada domingo nos haga tomar conciencia de lo que tiene que ser nuestra existencia. Pero el Papa también nos dice esa palabra Orienta, Orienta, porque esa palabra nos da la verdad que es el mismo Jesucristo Nuestro Señor, esa palabra nos hace tomar el sentido del rumbo que debemos llevar para vivir correctamente nuestra existencia, para vivirla en plenitud de sentido, y esa palabra nos va moldeando, nos va transformando interiormente, nos va haciendo creaturas nuevas, nos va dando la posibilidad de vivir realmente en el amor, porque Jesús, ese Jesús que nos habla es el que nos da su espíritu, el espíritu del amor para que vivamos como hijos de Dios y como herma nos los unos de los otros.

Pero no para ahí la bondad del Señor, sino que esa palabra que nosotros escuchamos es Jesucristo hecho carne por nosotros, y entonces en la Eucaristía se nos da como carne que comer y como sangre que beber, es decir Él mismo, Él mismo se nos entrega para que nosotros comiéndolo lo hagamos absolutamente nuestro y nuestra vida se transforme totalmente en él. Vuelvo a traer una palabra de San Agustín. San Agustín decía: cuando nosotros nos alimentamos, el alimento se convierte en nosotros. Pero cuando comemos el cuerpo y la sangre de Cristo, somos nosotros los que nos convertimos en Cristo.

Y esto es realmente lo que puede llenar totalmente de sentido nuestra existencia, el que cada vez más nos vayamos en un encuentro profundo de amor con el Señor Jesucristo, uniéndonos a él, transformándonos en él, viviendo la vida que él nos ofrece, San Pablo exclamaba en un momento dado «Ya no vivo yo, es Cristo el que vive en mí», y la vida que vivo en este mundo la vivo en la fe en aquel que me ha amado y se ha entregado por mi, eso tiene que ser nuestra existencia queridos hermanos, un escuchar permanentemente la palabra del Señor alimentarnos de su cuerpo y de su sangre, para que de verdad tengamos la vida en nosotros, para que de verdad recibamos todo el alimento que necesitamos para poder ser felices, para poder tener en nuestro corazón el espíritu de amor, y por lo tanto para poder amar de verdad a Dios como hijos y poder servir a los demás como hermanos, y de esa manera vivir todos los días esa aventura fascinante de ser Hijos de Dios, de construir un mundo cada vez más fraterno, cada vez más solidario, un mundo en el que se sienta más claramente la presencia amorosa de Dios.

Entonces las dificultades, los problemas, los líos económicos, las dificultades a veces en la relación con los demás, todo eso irá adquiriendo un sentido nuevo, todo eso irá iluminándose con la luz de la presencia salvadora de Dios y nosotros podremos superar todas las situaciones, nosotros podemos entonces con esa ayuda del Señor que nos da su amor y su misericordia podemos vivir en paz y un día poder llegar al cielo más allá de la muerte.

Esto es lo que nos ofrece la parroquia queridos hermanos. La parroquia nos ofrece la palabra del Señor, la parroquia nos ofrece los sacramentos, especialmente la Eucaristía por los cuales recibimos a Cristo el Señor en nuestro corazón, la parroquia nos ofrece la oportunidad de encontrarnos, de conocernos, de ayudarnos los unos a los otros. Por eso es tan importante la persona del párroco. El párroco es aquél que en nombre de Jesucristo el Señor y en nombre del Obispo pastorea el rebaño, pastorea las personas que conforman ese territorio dentro del cual se desarrolla la vida de la parroquia. Y por eso hoy damos gracias al Señor porque Él les da a Ustedes un nuevo pastor, y le vamos a pedir al Señor, para que Él ilumine siempre al Padre Daniel, para que Él siempre guíe al Padre Daniel, para que Él siempre haga posible que la palabra del Señor resuene con toda su fuerza en esta comunidad parroquial de San Maximiliano Kolbe, para que los sacramentos se celebren aquí de tal manera que la comunidad pueda unirse profundamente al Señor y crecer permanentemente en la fe, en la esperanza y en el amor y que todos ustedes contribuyendo eficazmente al crecimiento, al fortalecimiento de la comunidad, puedan llegar a ser de verdad miembros auténticos de la Iglesia, y conformar una auténtica y verdadera comunidad.

Ustedes son porción de la Iglesia, y por lo tanto van a mostrar claramente cada día más esa vida de Dios que vive cada uno de ustedes en su corazón y que vivimos todos unidos como comunidad.

El Padre Daniel tiene el gran reto de seguir adelante con la construcción de las instalaciones parroquiales, él ha asumido esto con una enorme generosidad y yo estoy seguro que muy pronto estaré yo de nuevo aquí diciendo hoy consagramos el templo, hoy ustedes tienen definitivamente sus instalaciones, ojalá así sea muy pronto.

Amén