Parroquia San Maximiliano Kolbe - Bogotá

Buenas Noticias - Boletín Parroquial

August 24 de 2014 y August 31 de 2014

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO

EDITORIAL

¿Qué es el cielo?

Es la participación en la naturaleza divina, gozar de Dios por toda la eternidad. La definición del Cielo que nos da el Catecismo de la Iglesia Católica es: "El Cielo es la participación en la naturaleza divina, gozar de Dios por oda la eternidad, la última meta del inagotable deseo de felicidad que cada hombre lleva en su corazón. Es la satisfacción de los más profundos anhelos del corazón humano y consiste en la más perfecta comunión de amor con la Trinidad, con la Virgen María y con los Santos. Los bienaventurados serán eternamente felices, viendo a Dios tal cual es." Catecismo de la Iglesia Católica, Nos. 1023-1029, 1721-1722.

Seguramente has de estar pensando: "¿Qué el Cielo es qué? ¡No entendí nada! Algo tan difícil de entender no debe ser tan bueno", o tal vez: "¡Qué aburrido suena eso de contemplar a Dios… y por toda la eternidad! A mí me gusta la actividad, eso de ángeles, querubines y cantos gregorianos… ¡como que no se me antoja!"

Realmente esta imagen del Cielo resulta muy poco atractiva para cualquiera, pero es que el Cielo es felicidad que rebasa nuestros deseos, actividad sin cansancio, descanso sin aburrimiento, conocimiento sin velos, grandeza sin exceso, amor sin afán de posesión, perdón sin memoria, gratitud sin dependencia, amistad sin celos, compañía sin estorbos. En el Cielo, Dios nos concederá mucho más de lo que podemos pedir o imaginar y aún aquello que no nos atrevemos a pedir.

Algunos testimonios de los que han visto lo que es el Cielo.

Han existido muchos santos a los que Dios les ha concedido la gracia de poder ver lo que es el Cielo. He aquí algunos de sus testimonios, con los cuales han tratado de explicarnos con palabras terrenas lo que nos espera en el Cielo:

San Pablo: Dios es capaz de hacer indeciblemente más de lo que nosotros pedimos o imaginamos (Ef 3,20). Nada son los sufrimientos de la vida presente, comparados con la gloria que nos espera en el Cielo (2 Cor 4,17).

Teresa de Jesús: Pude ver a Jesús en su Santa Humanidad completa. Se me apareció con una belleza y una majestad incomparables. No temo decir que, aunque no tuviéramos otro espectáculo para encantar nuestra vista en el Cielo, ya sería una gloria inmensa. (Vida de Santa Teresa).

San Agustín: Es más fácil decir qué cosas no hay en el cielo, que decir qué cosas hay: En el Cielo contemplaremos y descansaremos, descansaremos y alabaremos, alabaremos y amaremos, amaremos y contemplaremos. (Confesiones).

San Juan de la Cruz: Tanto es el deleite de la vista de tu ser y hermosura, que no la puede sufrir mi alma, sino que tengo que morir viéndola, máteme tu vista y hermosura. (Cántico espiritual).

San Francisco de Asís: El bien que espero es tan grande, que toda pena se me convierte en placer.

¿Qué debo hacer para alcanzar el Cielo?

Jesús nos habla en el Evangelio del camino a seguir: Entrar por la puerta estrecha (Mt 7,13.) Tomar la cruz. Vender todo lo que tienes y dárselo a los pobres. Dejar a tu padre y a tu madre. Tomar el arado y no voltear hacia atrás.

¡Se oye muy fuerte! ¡Parece muy difícil! Sin embargo, si vuelves a leer los testimonios de los santos que han podido verlo, te darás cuenta de que vale la pena y que ningún sufrimiento es demasiado grande para evitar que luchemos por él.

Querer ganar el Cielo significa tratar de tenerlo desde ahora y eso, como ya vimos, se logra viviendo las Bienaventuranzas.

Tener el Cielo es tener a Dios y tener a Dios es vivir en gracia.

Entre la gloria y la gracia no hay diferencia en esencia: Quien tiene la bellota, ya tiene el encino; quien posee la gracia santificante, posee el Cielo, es decir a Dios. Las diferencias son en el modo de tenerlo: Aquí en la Tierra, quien tiene la bellota, tendrá más tarde el encino. La bellota no es aún el encino, pero llegará a serlo. En la tierra vemos el capullo, en el cielo la flor; en la tierra el amanecer, en el cielo el mediodía; aquí las sombras, allá la luz; aquí lo parcial, allá la plenitud; aquí la lucha, allá la victoria.

Los medios para vivir siempre en gracia ya los conoces: la oración; la huida de las ocasiones de pecado; el sacrificio; la frecuencia en la recepción de los sacramentos; la devoción a la Virgen María, la vivencia de las Bienaventuranzas.

Para salir victoriosos en el Juicio Final: Jesús nos lo dice claramente:

"Venid benditos de mi Padre… porque tuve hambre y me disteis de comer, porque tuve sed y me disteis de beber, estuve desnudo y me vestisteis, forastero y me acogisteis, enfermo y me visitasteis Todo lo que hicisteis a uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis”

La oración del zapatero

Cuentan que un humilde zapatero tenía la costumbre de hacer siempre sus oraciones en la mañana, al mediodía y en la tarde. Se servía de un libro de plegarias porque no se sentía capaz de dirigirse a Dios con sus propias palabras. Un día se sintió muy mal porque, estando de viaje, olvidó su libro. Nuestro buen zapatero le dijo entonces a Dios:

– “Perdóname, Dios mío, porque necesito orar y no sé cómo. Ahora bien, ya que Tú eres un Padre de amor voy a recitar varias veces el alfabeto desde la ‘a’ hasta a la ‘z’, y Tú, que eres sabio y bueno, podrás juntar las letras y sabrás qué es lo que yo te quiero decir.” Cuenta la historia que ese día Dios reunió a sus ángeles en el cielo y les dijo conmovido que esa era la más sincera y la más bella de las oraciones que le habían hecho en mucho tiempo… porque era una oración que nacía del corazón.

Una oración con las cualidades de la plegaria que hace milagros, cierra heridas, ilumina, fortalece y acerca los corazones, es decir, una plegaria humilde, confiada, sincera y amorosa. ¡Cuánta necesidad tenemos de estas oraciones! Todos debemos aprender a orar con el corazón, a alabar, a bendecir, a perdonar, a agradecer; y claro, a tener presente que la oración se ve en la acción, en los buenos frutos y en un compromiso por la justicia y por la paz. En efecto, actuar sin orar es desgastarse y orar sin actuar es engañarse.

También nosotros resucitaremos... SAN MAXIMILIANO KOLBE

La solemnidad de Pascua constituye el fundamento de nuestra fe en Jesús (1Cor 15, 14-25). El Señor resucitó: repiten este día miles de bocas. “También nosotros resucitaremos”, nos anuncia un canto pascual, y no sólo después de la muerte, ya que cada año la Santa Iglesia invita a los fieles a hacerlo, recomendándoles la confesión pascual.

Con más motivo tenemos que resucitar nosotros. Aun cuando uno haya tenido la desgracia de morir espiritualmente, y Satanás le haya sugerido que no resurgirá nunca más de la muerte, basta con que se dirija con sinceridad a la Mediadora de todas las gracias, la Inmaculada, no sólo para obtener la gracia de la resurrección, sino también para alcanzar los grados elevados, muy elevados de la santidad. Cuanto más se acerca uno a Ella, más abundantemente se enriquece de la gracia del conocimiento y del amor, de un amor generoso a Dios, que por nuestro amor subió a la Cruz. (EK 1230)

EL EVANGELIO DEL DOMINGO EN CASA

AVISOS DE NUESTRA PARROQUIA

Miércoles 27 de agosto: Santa Mónica, madre de San Agustín

Todos los domingos se celebran bautismos, información en el despacho parroquial.

Jueves 28: festividad de San Agustín. Doctor de la Iglesia

NUEVO TEMPLO

Su Párroco Daniel Saldarriaga Molina, agradece a la Comunidad de San Maxilimiano Kolbe la gran colaboración al fondo de ahorro para la construcción del Nuevo Templo.

Si quiere apoyar la obra del templo, puede consignar su ayuda en las cuentas:

Gracias por apoyar la obra del templo, puedes consignar tu donación en las siguientes cuentas: o a nombre de la Parroquia San Maximiliano Kolbe.

BBVA: Cuenta de ahorro 540116134

Davivienda: Cuenta de ahorro 480900003256

El recibo de la consignación lo puede llevar al despacho parroquial o en la alcancía del Templo para llevar el control de estas ayudas. "Dios que ve en lo escondido, los recompensará"


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